Archivo de noviembre, 2013

El sueño del Papa

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El Papa Francisco nos ha regalado una carta con palabras nacidas en su corazón y con aroma a evangelio. En cinco capítulos trata los siete puntos con los que quiere iniciar una nueva etapa en la Iglesia.

La alegría del evangelio, así titula su escrito el Papa Francisco. El evangelio es alegría y alegra el corazón, esta convicción se trasluce en el documento papal y, también,  en Aparecida un documento conocido entre nosotros y abundantemente citado  por  el papa Francisco. Allí se lee, “conocer a Jesucristo es el mejor regalo que puede recibir cualquier  persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestras palabras y obras es nuestro gozo”, el sueño del Papa Francisco es que esto sea una realidad en todo el mundo y para todas las personas. Para esto, los cristianos tienen que tomar la iniciativa y llevar a cabo esta tarea sin flojera, sin egoísmo, con osadía. Supone una reforma en las estructuras y una conversión en las personas y también en la forma en que se hacen las cosas. Acoger y escuchar, descentralizar, salir como actitud permanente, nunca encerrarse sino tener la periferia como horizonte, son llamados que atraviesan cada capítulo del documento.

Es un documento que entusiasma, de gran simplicidad y profundidad, abarca los grandes desafíos del mundo, una visión crítica sobre el dinero y la economía, los detalles de la vida parroquial, las tentaciones de los que trabajan en la Iglesia y un análisis de la predicación de los sacerdotes.

Al leer la carta del Papa, nos damos cuenta que nos trae al autor dibujado en sus mismas palabras. Cuando el Papa escribe, se le reconoce en su historia y en su corazón. Antes de su elección, los cardenales se reunieron y escucharon, cuando le correspondió tomar la palabra al cardenal Bergoglio expresó: “Pensando en el próximo Papa, necesitamos un hombre que, desde la contemplación y la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí misma hacia la periferia existencial de la humanidad para que sea madre fecunda de la “dulce y consoladora alegría de evangelizar”. Hoy como Papa invita a la Iglesia entera a esta tarea, es su sueño.

 

El Cura Tato

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Lo conocí de oídas, como la mayoría de los chilenos. Hubo otros que lo conocieron en tiempos de alegría y hacedor de cosas buenas, algunos me contaban que cuando cayó en desgracia, cuando fue protagonista de las aberraciones que no queremos ni en la Iglesia, ni en ninguna otra parte, todo era sorpresa. Durante años casi nada supimos de él, en la semana que termina murió, no hacía mucho que había salido de la cárcel por cierto beneficio. Estaba enfermo, la condena estaba cumplida, estaba vivo.

Una sabia mujer, con quien compartí el aula de clases aprendiendo comunicaciones, lo recibió en la cárcel, en su apostolado habitual y su testimonio comienza así:

“Le conocí el primer día tras las rejas. Me impresionaron sus ojos, sin vida. Muerto de susto, de vergüenza y de todo lo que un hombre con principios, caído en desgracia, puede sufrir en un recinto penal. Cuatro días después, sábado, sus compañeros de celda lo llevaron a la comunidad católica. Digo lo llevaron, porque él dijo sí, pero no tengo la certeza de que haya estado muy consciente de todo lo que a su alrededor ocurría. ¡No lo sé!

Esa comunidad de hombres caídos, algunos con amplio prontuario, fue fundamental. Lo cuidaron, lo respetaron, le enseñaron a vivir adentro. Lo dejaron ser. Lo volvieron a la vida.
Allí hizo amigos de verdad. Tan importantes fueron que hasta el final de sus días los recordaba con afecto, en especial, “al Araña”, que fue su fiel custodio”.

Sus palabras me llevaron a escribir estas líneas. Una de las verdades fundamentales del cristianismo y, solo del cristianismo, es que Dios ama a los malos, a los que han caído. En la cercanía y diálogos en los hospitales, en las cárceles, en poblaciones y barrios de viviendas estrechas llenas de gente de bien, muchas veces, se puede palpar la presencia de Dios, contemplar la conversión de los malos y, ser testigo de la recuperación de los que han caído.

Nadie puede tolerar los abusos a menores, el papa Benedicto pidió a los sacerdotes que han abusado que se entreguen a los tribunales civiles. Andrés abusó, fue condenado, cumplió su pena en la cárcel y logró, finalmente, hasta agradecer con humildad. Que las víctimas nunca se sientan abandonadas y que, a este hermano sacerdote, Dios lo perdone y descanse en paz.

16 Noviembre 2013